Turismo Aventura por el Sur Argentino

El más clásico tour del sur argentino es realizar el circuito de los 7 Lagos en la Patagonia. “Si no lo haces, estás re-out”, dicen algunos. La verdad es que nadie sabe con exactitud, cuáles son esos 7 lagos porque el recorrido está lleno de lagos y “laguitos”... hay tours que visitan algunos, oficinas de turismo que recomiendan otros, “conocidos” que lo hicieron e incluyen otros distintos. Por otra parte, la mayoría que regresa del Sur y te cuenta sobre “los 7 lagos”, se ha olvidado de por lo menos cuatro de los siete nombres y más aún si los “visitaron” en vez de “vivirlos”.

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Cuando me encontré un verano rehabilitándome de mi operación de rodilla, la cual me inhabilitaba para recorrer a pie las alturas y orillas patagónicas, opté por crear mi propio tour de los 7 lagos. De Norte a Sur viajamos salvando kilómetros de ruta en una pick- up, que volvió llena de polvo y algunos “rasguños” después de atravesar paisajes de ensueño. 

El punto de partida fue la ciudad de Neuquén y el primer destino era el lago Aluminé... o al menos hacia allí pensábamos que nos dirigíamos...

Después de manejar toda la mañana, el mediodía nos alcanzó en la ruta y pudo ser por la hipoglucemia o no, pero nos dimos cuenta que habíamos errado el camino y nos estábamos dirigiendo hacia Caviahue. Así que aprovechamos el infortunio y almorzamos en medio del paisaje compuesto por el lago con gusto a sulfato, los geissers, las rocas y las típicas araucarias. 

Después de ahí, “enbastonamos” el rumbo y nos dirigimos a Villa Pehuenia, un pequeño pueblo a orillas del Lago Aluminé, que bien podría ser Bariloche en el año 1930 (no por lo viejo, sino por los pocos comercios y la cantidad de potencial). Ya atardecía y paramos en uno de los tantos campings que hay a orillas de su lago “hermano”: el Lago Moquehue. Al día siguiente, accedimos a casi 100m de la cumbre del volcán Batea Mahuida, curioseamos por sus alrededores plagados de araucarias y continuamos nuestra ruta. 

Un par de kilómetros más y giramos nuestra camioneta hacía el Lago Ñorquinco. Montañas de fondo, sonido de brisa en el lago, bosques de lengas, bastantes cañas colihue y poca infraestructura turística (así que si desea acampar, serán uds. Los creadores de sus propias comodidades... a no olvidarse nada en casa!!), constituyen el paisaje de este lago bien tranquilo, que junto a nuestro próximo destino, el Lago Quillén, me asombró alegremente, al darme cuenta que aún existían lugares no “explotados” en la Patagonia más cercana.

Nuestro cuarto lago fue visitado más que vivido (parafraseando la introducción de este artículo). Se trata del enorme y helado Lago Huechulafquen, cuyo contorno seguimos para llegar a nuestro próximo destino. Mientras que el serpenteante camino de ripio, con el volcán Lanín de fondo, atravesaba planicies tipo “Heidi” y luego nos hacía conocer un poco de los bosques, el Huechulafquen nos acompañaba en todo momento: o reflejando claramente el sol en su espejo o apareciendo destellante por entre las frondosas ramas. 

Al cabo de una hora de viaje “sinuoso”, el camino terminó y un camping organizado nos dió la bienvenida: arribamos al verde Lago Paimún. Es verde... y no por ser tóxico y albergar peces de 3 ojos, sino porque su espejo refleja la frondosa vegetación circundante. El camping hace sus veces de balneario, aunque para probar las aguas del Paimún les recomiendo hacerlo en verano, en pleno horario del mediodía y mientras haces algún deporte acuático o te mantienes en movimiento escapando de los “algazos” de tu compañero de viaje (FYI: las algas también dan ese color verduzco al agua transparente). 

Después de dos anocheceres con la nieve del Lanín como refractor de luz y un amanecer con el sol bañando de colores al majestuoso volcán, emprendimos la última (y más copada!) parte de nuestro viaje. 

Ya nos habíamos alejado bastante de nuestra última morada, cuando decidimos obviar nuestra noche en el Lago Lolog y reemplazarla con un pic-nic y partido de truco en horario de siesta, a orillas de sus costas; mientras nos preguntábamos como reaccionaríamos (y como reaccionaría la gente al vernos un tanto “vapuleados” por la naturaleza) cuando en una hora arribásemos a la ciudad de San Martín de los Andes para abastecernos de comida y hacer un poco de “turismo convencional”. 

Salimos ilesos de la ciudad y dirigimos nuestro vehículo  hacia el pequeño Lago Nonthue. No les diré dónde queda, ni cómo llegar, ni qué mal está el acceso a él... Me limitaré a contarles, que este tipo de lago, alejado de todo y todos, con nadie cerca ni por venir; era lo que había esperado encontrar en todos los lagos que fuimos visitando a lo largo de esos ocho días de viaje. Tres noches pasamos en el lugar, con visitantes/ pescadores ocasionales (que al ver nuestra cara de pocos amigos, desaparecían al cabo de unas horas), miedo al atardecer por las sombras que aparecían en medio del bosque, incertidumbre al anochecer pensando en “visitas animalescas no esperadas”, manos heladas al lavar los utensilios con el agua del río Nonthue, silencio, luna y estrellas, cocina rústica, cálido amanecer, chapuzón en el lago y fiaca en sus costas... VIDA DE CAMPAMENTO (sí, en mayúscula).

Lagos hay muchos, hermosos todos, similares o con señas bien particulares. Están ahí para que los conozcas, para que crees tu propio “tour”... pero siempre ten en cuenta dejar el lugar mejor de lo que lo encontraste... porque todos queremos tener la posibilidad de volver a los orígenes.

Daniela Wehrendt

Profesora Nacional de Educación Física